El padel jugado por mujeres tiene una cronología paralela, casi invisible, que recién en la última década empezó a contar como historia oficial. Acá va.
Cuando se cuenta la historia del padel se nombra a Corcuera, a Hohenlohe, a Belasteguín, a Lima. Ningún nombre de mujer. No porque las mujeres no jugaran. Sino porque, hasta hace más o menos diez años, nadie estaba escribiendo esa historia.
La oscuridad de los primeros cuarenta años
Desde la cancha de Corcuera en el 69 hasta principios de los 2010, el padel femenino existió pero no figuró. Las mujeres jugaban en clubes, jugaban en torneos sociales, jugaban con sus parejas, jugaban entre amigas. Pero el circuito profesional las ignoraba sistemáticamente: premios desiguales, canchas centrales asignadas a hombres, transmisiones televisivas escasas o nulas, sponsors mínimos.
Los registros de torneos internacionales muestran cuadros femeninos desde los años 90, pero con una asimetría brutal. En el WPT (World Padel Tour) de los primeros años, los premios femeninos eran a veces la cuarta parte de los masculinos, las cancha centrales las daban a los varones, y los partidos de mujeres se jugaban a mediodía en cancha lateral.
Esto no era exclusivo del padel. Era el clima general del deporte profesional global hasta no hace mucho. Pero el padel femenino sufrió, además, un problema específico: no había un Belasteguín femenino. No por falta de talento, sino por falta de plataforma para que ese talento brillara.
Cuando empezó a contar
La fecha que mucha gente del ambiente toma como bisagra es 2017-2019. En esos años pasaron varias cosas en simultáneo:
- El WPT igualó parcialmente los premios masculinos y femeninos en algunos torneos.
- Apareció Alejandra Salazar, la española que ganó todo durante años, con una manera de jugar que rompía estereotipos: bandejas duras, voleas profundas, agresividad de drive masculina.
- Bea González —la chica de Vigo— rompió récord de juventud y se convirtió en número uno con menos de 22 años. Ojo con esto: pasó del padel infantil a la cima del circuito profesional con una velocidad que ni los varones habían logrado.
- Movistar+ y otras plataformas empezaron a transmitir partidos femeninos en horario central.
Y un detalle no menor: las redes sociales. Las jugadoras femeninas llegaron a Instagram con cuentas propias, contando su carrera en primera persona. Salazar, González, Marta Ortega, Gemma Triay, Ari Sánchez. Construyeron audiencia directa, sin intermediación de los medios deportivos tradicionales que las habían ignorado.
Argentina y el padel femenino
En Argentina la situación es a la vez parecida y distinta. Las clases sociales del padel femenino argentino son las que más jugaron desde siempre: el porcentaje de mujeres jugadoras en clubes argentinos en los 90 era altísimo, bastante mayor al de España o México de la misma época. La cancha mixta de los sábados era institución.
Pero la circulación profesional siguió siendo masculina. Las jugadoras argentinas top emigraron a España como sus colegas varones, pero en menor cantidad. Hay un fenómeno particular argentino: el padel femenino aficionado siempre fue masivo, pero el profesional siempre fue chico.
Recién en los últimos cinco años aparecen jugadoras argentinas con relevancia internacional sostenida. Es algo que va a ir creciendo a medida que la base masiva amateur se profesionalice.
La paleta femenina (un debate)
Una conversación que recién empezó en los últimos años es si las mujeres deberían jugar con paletas distintas a las de los varones. La fisiología es distinta: en promedio, las mujeres tienen menos masa muscular en el antebrazo y la muñeca, lo que cambia cómo absorben el impacto de la pelota.
Las marcas top se dividieron: algunas desarrollan líneas femeninas específicas (paletas más livianas, balance más cercano al puño, foam más blando), otras sostienen que la diferencia individual es mayor que la diferencia de género y que cada jugadora debe elegir según su perfil, no según el cromosoma.
El consenso emergente parece ser el segundo enfoque. Una jugadora aficionada potente y de buen brazo puede preferir una paleta diamante con foam medio. Una jugadora de control puede ir a una redonda con foam blando. Igual que los varones. La diferencia no es de género, es de juego.
La generación que viene
Lo que está pasando ahora, en 2025-26, es que la base de jugadoras femeninas argentinas más jóvenes (15-25 años) está formada en clubes con coaches profesionalizados, con torneos juveniles bien organizados, con visibilidad en redes. Eso no existía hace diez años.
Es probable —diría yo, casi seguro— que la próxima generación de talento femenino argentino sea sustancialmente más grande y más visible que las anteriores. La infraestructura ya está. Los modelos a seguir están en Instagram. La industria de marcas, sponsors, federaciones está mucho más atenta.
Y hay otro fenómeno que vale la pena mirar: muchos clubes argentinos hoy tienen más jugadoras mujeres que varones en los horarios de día. El padel femenino aficionado mueve la economía del deporte de manera silenciosa pero gigantesca. Las grupos de mujeres de los lunes y martes a la tarde son los que pagan el alquiler de muchos complejos.
La conversación pendiente
Hay una conversación que el padel todavía no terminó de tener: cómo cuenta su propia historia femenina. Los libros sobre la historia del padel —los pocos que hay— mencionan a las mujeres en notas al pie, en capítulos cortos, en menciones laterales.
Eso va a cambiar en los próximos años. Probablemente porque algunas de las jugadoras de hoy van a escribir sus memorias, otras van a ser entrevistadas en serio, y otras van a ser dirigentes. Y porque la masa crítica de mujeres en el padel argentino está obligando a las marcas, a los clubes y a los medios a tomar el padel femenino como una historia entera, no como una nota al margen.
Si tenés mamá, hermana, hija, amiga, novia que juega: hacele una pregunta. ¿Cuándo empezó? ¿Por qué? ¿Quién le enseñó la primera bandeja? Esas respuestas son material para la historia que todavía no terminó de escribirse.



