Capítulo 011900 · Acapulco
Antes de existir, el padel ya se jugaba.
Hay un detalle que las historias oficiales suelen saltar: el padel no nació en 1969. En 1969 se reglamentó. Pero en las terrazas del Hotel Mirador de Acapulco, frente al Pacífico, había desde principios del siglo XX un juego informal de paletas contra muros, con pelotas de baja presión y sin red. Le decían paddle a secas, herencia fonética del paddle tennis inglés que un puñado de marineros británicos había traído al puerto.
Las paletas eran de madera maciza. Sin agujeros, sin foam, sin core de nada. Pesaban como un libro grande. El gesto de pegarle a una pelota contra un muro es probablemente milenario —los frontones vascos lo prueban—, pero esta versión específica, con paleta corta y pelota desinflada, vivía en los hoteles de la costa mexicana durante tres décadas antes de que alguien se animara a llamarla deporte.
Es importante esa prehistoria. El padel no apareció de la nada. Heredó gestos del paddle americano, del frontón ibérico, del squash inglés. Lo que vino después fue, sobre todo, un acto de estandarización.
El padel no apareció de la nada. Heredó gestos de tres continentes, tres siglos y un océano.







