Argentina, 1991: el verano que cambió todo
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Argentina, 1991: el verano que cambió todo

Por Equipo VOLEA·15 de mayo de 2026·7 min lectura

Hubo un verano específico en el que el padel dejó de ser una rareza marplatense y empezó a contagiar a todo el país. Te cuento ese verano.

Si tu viejo tiene cincuenta y pico, preguntale dónde estaba en el verano del 91. Probablemente te diga que esa fue la temporada en la que de repente todo el mundo empezó a hablar de padel. Hasta ese momento eran cuatro locos en Mar del Plata. Después de ese verano, eran cuatro millones de argentinos.

El antecedente: Menditeguy y Mar del Plata

La historia documentada cuenta que Julio Menditeguy, polista argentino de buena familia que vacacionaba en el Marbella Club, jugó padel allá a fines de los 70 y se obsesionó. Volvió a Argentina y, en 1979, construyó las primeras canchas comerciales del país en Mar del Plata. Fueron las primeras canchas de padel del hemisferio sur.

Durante los 80, el padel fue un deporte de pequeña escala, mayormente concentrado en Mar del Plata, Pinamar y un puñado de clubes en Buenos Aires. Lo jugaba cierta clase media-alta porteña que veraneaba en la costa. Era lo que hoy llamaríamos un fenómeno de nicho aspiracional: poca gente, pero la gente correcta.

Qué cambió en el 91

Lo que cambió fue una combinación de tres cosas que ocurrieron casi al mismo tiempo:

Primero, los costos de construcción de canchas bajaron. Empezaron a aparecer materiales más baratos —chapa galvanizada, vidrio templado importado— y las canchas dejaron de ser una inversión inmobiliaria de elite. Cualquier club barrial podía sumar dos canchas en el espacio donde antes había un papi-fútbol.

Segundo, la convertibilidad. El plan económico que arrancó en abril del 91 fijó el peso al dólar. De repente todo lo importado se volvió accesible. Las paletas, que hasta ese momento eran un objeto raro y caro traído de España, empezaron a llegar masivamente. Los precios se desplomaron en términos relativos. Padelnova, Royal, Wilson y Head invadieron el mercado.

Tercero —y este es el factor que casi nadie menciona—, la televisión. Telefe empezó a transmitir torneos de padel en los veranos del 91 y 92. No mucho. Pero suficiente. Los argentinos vimos jugadores reales en pantalla, vimos canchas con tribunas, vimos un deporte con narrador, replays y publicidad. Eso lo legitimó. De ser una cosa de Mar del Plata pasó a ser una cosa de Argentina.

La explosión en números

Para 1992-93, el padel en Argentina era inmanejable. Se construían canchas a un ritmo que ninguna otra industria deportiva había visto. Algunos relatos sostienen que en su pico, había más canchas de padel en Argentina que en todo el resto del mundo junto. Es una afirmación grande, difícil de verificar con precisión, pero la cantidad de canchas argentinas a inicios de los 90 era genuinamente extraordinaria.

Cualquier baldío en CABA o GBA tenía potencial. Empresarios, comerciantes, dentistas, médicos —gente que hasta ahí jamás había pensado en ser dueño de un club deportivo— se metieron a construir canchas. Era el negocio del momento. Costaba poco, se llenaba siempre, las concesionarias de buffets ganaban más que el dueño de la cancha.

Los clubes de barrio se reinventaron. El típico club social que hasta los 80 tenía pileta y bochas, en los 90 sumaba canchas de padel con luz hasta las 2 AM. Los porteros de edificios empezaron a tener un segundo trabajo: cuidar la canchita del SUM convertida en padel.

Y después, el bajón

Como toda burbuja deportiva, esta también explotó. Hacia mediados de los 90, había demasiada oferta. Canchas vacías a las 3 de la tarde, dueños debiendo alquileres, clubes cerrando. La gente que había jugado dos años intensos se aburrió o cambió de hobby. El padel argentino entró en una década oscura.

De hecho, durante los 2000 y la primera mitad de los 2010, el padel se volvió un deporte casi olvidado en Argentina. Quien jugaba era el típico padelero veterano que no había soltado nunca. Pero el furor de masas se había diluido.

España, mientras tanto, agarró la posta. La Liga Profesional de Padel se profesionalizó allá durante los 90 y 2000, los argentinos top emigraban a Madrid, Marbella, Barcelona. Belasteguín, Lamperti, Díaz, Sanyo Gutiérrez —todos terminaron viviendo en España. El centro del padel mundial se mudó a Madrid mientras Argentina dormía.

El segundo big bang: 2020

Pero hay algo que la historia del padel argentino tiene de raro y de hermoso: explotó dos veces. Primero en el 91. Y después, exactamente treinta años después, en el 2020.

La pandemia hizo lo que la convertibilidad había hecho décadas antes. La gente confinada se reencontró con la necesidad de hacer deporte al aire libre. El padel —que era el único deporte de equipo que permitía cierta distancia, cancha cerrada pero con techo abierto, equipos chicos— resurgió de manera salvaje.

Las canchas que durante diez años habían estado vacías se llenaron en seis meses. Aparecieron complejos nuevos. Las paletas que en 2018 eran un nicho, en 2021 estaban en el shopping. Argentina volvió a ser un país de padel, pero esta vez en una versión más madura, más educada, más profesional.

Lo que tiene de único el padel argentino

Hay algo en la forma en que los argentinos jugamos al padel que nadie más tiene. España tiene la técnica más refinada. Italia tiene el estilo. Suecia tiene la potencia escandinava. Argentina tiene el partido.

Lo que en otros países se juega como deporte, en Argentina se juega como partido. Con apuestas de café, con discusiones de cuándo entró la pelota, con el panza que hace bandejas imposibles, con el viejo de 65 que te enseña la pared. El padel argentino es el único padel del mundo que no se toma del todo en serio, y por eso paradójicamente es el más profundo de todos.

Vení a una cancha cualquier miércoles a las 21. Vas a entender de qué hablo.

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